Cambios Vitales

Una buena alimentación es fundamental para alcanzar un estado de bienestar, sea cual sea nuestra edad. Pero a medida que envejecemos, y los años nos van esculpiendo con naturalidad y gracia, podemos descubrir cómo un ajuste adecuado de los elementos de nuestra dieta y nuestra ingesta nutricional puede suponer una respuesta positiva al modo en que nuestro organismo evoluciona con el paso de los años.

Algunas cosas tienen la misma validez a los 8 que a los 88 años.

Mantener una dieta variada, que incorpore todos los grupos principales de alimentos, constituirá siempre una base sólida para una mantener una buena salud.

Mantener una dieta variada, que incorpore todos los grupos principales de alimentos, constituirá siempre una base sólida para una mantener una buena salud. Beber agua con regularidad nos garantizará una buena hidratación. Ingerir la cantidad precisa de minerales y vitaminas esenciales favorece los procesos de nuestro organismo. Además, siempre deberíamos guiarnos por el sentido común: las calorías en exceso suponen un riesgo a cualquier edad.

Paralelamente a esta filosofía básica, no obstante, nuestra nutrición necesita cada cierto tiempo pequeñas modificaciones para adaptarse a los cambios fisiológicos de nuestro organismo: por ejemplo, a medida que envejecemos, disminuye nuestra capacidad para absorber ciertos nutrientes.

Una vez los niños dejan de ser bebés, es decir, abandonan la etapa en la que su alimentación y nutrición depende en gran parte del asesoramiento de profesionales de la salud, podemos ayudar a nuestros hijos a desarrollar pautas sanas de alimentación animándolos a probar diferentes alimentos (y, por supuesto, predicando con el ejemplo). Parte de este proceso consiste en ayudarles a evitar ser quisquillosos a la hora de comer. Puede que esto parezca más fácil de decir que de hacer, pero merece la pena perseverar, ya que la actitud hacia la comida que desarrollen antes de entrar en la adolescencia sentará las bases para el resto de su vida.

Al estar en plena edad de crecimiento, los niños necesitan una alimentación abundante y nutritiva que les aporte la energía que necesitan, especialmente proteínas, y también calcio para favorecer el desarrollo de sus huesos y dientes. En esta etapa también es necesario que los padres estén atentos a posibles alergias a ciertos tipos de alimentos.

Al entrar en la adolescencia, el famoso “estirón” requiere alimentos ricos en nutrientes y calcio, como leche, queso y yogures, en una época en la que los adolescentes suelen preferir chucherías y comidas rápidas en las que los nutrientes brillan por su ausencia. También deben mantener su ingesta de minerales principales, incluidos el zinc, el magnesio y el hierro.

A medida que los adolescentes entran en la edad adulta, especialmente en el caso de los universitarios, pueden desarrollar malos hábitos (si ha sido estudiante, puede que recuerde alguno que otro…). Se tiende a aumentar el consumo de comidas procesadas, baratas y fáciles —es decir, comida para llevar y pizza a destajo— sin olvidar, por supuesto, las consiguientes bebidas alcohólicas en el campus. Todo ello forma parte de la gran aventura de la vida, sin duda, pero aún así los adolescentes más adultos deben asegurarse de que reciben un aporte equilibrado de nutrientes esenciales para mantener una buena salud, prestando especial atención a sus niveles de concentración y energía, para lo cual es fundamental contar con fuentes de hierro y zinc en abundancia.

Las necesidades nutricionales de las mujeres experimentan cambios importantes con el embarazo, así como en el periodo posterior al parto. Los alimentos ricos en nutrientes, como frutas, verduras y cereales, así como vitaminas y minerales como el calcio y el folato, beneficiarán tanto a la madre como al niño. Además, también sería ideal que la madre se abstuviera de consumir bebidas alcohólicas y tratase de evitar alimentos que pudieran contener elementos nocivos, como mercurio. Las madres lactantes necesitan un aporte adicional de entre 400 y 600 calorías al día, pero no nos referimos a chocolatinas, sino, de nuevo, a productos frescos, proteínas de gran calidad (por ejemplo, pescado blanco) y alimentos con un bajo índice glucémico con carbohidratos de liberación lenta. Por supuesto, los nuevos padres necesitarán grandes cantidades de nutrientes para mantener a raya el cansancio. En este aspecto, las vitaminas B y C y el magnesio son la ayuda perfecta.

Según avanzamos hacia la madurez y etapas posteriores, es cada vez más importante aumentar el nivel de alimentos ricos en nutrientes y evitar alimentos de elevado contenido energético pero no nutritivos, como galletas dulces, bizcochos y pasteles o refrescos, por ejemplo, por muy tentadores que resulten. Para las mujeres en la menopausia, es importante mantener un buen aporte de calcio, así como una dieta rica en fibra y baja en sal y grasas; la soja, los garbanzos y las lentejas son ingredientes a tener en cuenta.

A medida que envejecemos, nuestra masa corporal tiende a disminuir, lo que afecta a nuestro metabolismo; por ello es esencial ajustar nuestro balance energético. Puesto que necesitamos menos calorías, deberíamos optar por alimentos con mayor densidad de nutrientes —por ejemplo, la leche desnatada tiene una mayor densidad de nutrientes que la entera— y aumentar la ingesta de fibra.

Podemos recuperarnos de niveles deficitarios de vitamina D bebiendo leche enriquecida con esta vitamina o bien optando por la mejor alternativa posible: pasear al aire libre. A medida que nos hacemos mayores, mantenernos activos tiene tanta importancia como cuidar la dieta. Se ha demostrado que dedicar unos minutos al día a realizar una actividad moderada aumenta considerablemente la calidad de vida de los mayores.

En cualquier etapa de la vida, los suplementos nutritivos pueden ser una fuente útil de vitaminas y minerales para complementar la dieta. Como siempre, es conveniente hablar con el médico o experto en salud para obtener asistencia y consejo profesional para ajustar sus necesidades nutricionales.

Con un pequeño cambio en nuestra dieta, una actitud positiva y llevando una vida activa que se adapte a las diferentes etapas de nuestra vida, podemos aumentar considerablemente nuestras probabilidades de vivir más tiempo –y más felices– y compartirlo con quienes nos rodean.

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